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jueves, 30 de junio de 2016

Compartiendo la cama... y otras anécdotas

Mis queridos amigos y amigas, a esta hora muchos de ustedes ya estarán acostados en su cama, preparándose para entregarse a los brazos de Morfeo mientras yo escribo estas líneas, haciendo un repaso de su día, planeando el siguiente, haciendo oraciones por sus seres queridos, relajando su mente, sus músculos, su ritmo cardiáco se vuelve un poco más lento al igual que su respiración, es justo ese el momento en que a mi parecer, somos realmente nosotros mismos, no hay que pretender nada, podemos ser quienes somos en realidad así tan cómodos como podemos estar, moviéndonos como nos plazca, algunos envueltos en una cómoda pijama, algunos usando algo más atrevido, algunos incluso enfundados únicamente en nuestra piel, no hay lugar para esconder nada, incluso si llegamos a hablar dormidos, lo hacemos sin filtros, sin pensar en el que dirán y entonces me vienen un par de preguntas a la mente… ¿Lo estás compartiendo? ¿Quién es digno de conocerte tal cuál eres en ese momento tan real?

Y es que no sé ustedes, pero para mí, dormir acompañado no es nada fácil, en nuestra vida nos pasa muchas veces y para algunos es cualquier cosa, como compartir el asiento en el autobús a casa o en una sala de espera, porque claro, desde pequeños nos acostumbramos a compartir cama con nuestros padres o hermanos, con algunos primos cuando te quedas a dormir o con amigos, pero conforme nuestras vidas se vuelven adultas, compartir la cama a veces va más allá de la simpleza de compartir un espacio físico, se trata más bien de compartir nuestra intimidad, aunque no haya sexo de por medio.

Personalmente puedo decirles que a mí se me dificulta mucho sentirme cómodo compartiendo cama con alguien más, me gusta tener la libertad de moverme a mi antojo pero también sé, que hay personas con las que simplemente te sientes a gusto y te gusta compartir la cama. Alguna vez, llegué a la conclusión de que yo no servía para dormir con alguien más; tenía este novio con el que en ocasiones me quedaba a dormir y que siempre me pedía que lo abrazara y yo simplemente no lo hacía, me sentía asfixiado si me abrazaba y prefería que hubiera distancia entre los cuerpos para mayor comodidad, evidentemente eso no duro mucho y cada quién siguió su camino; no he compartido tantas camas en realidad pero pensaba que no era lo mío hasta que claro, pasé una noche con alguien que de verdad me importaba, dormí entre sus brazos toda la noche sin problema… por la mañana tuve que moverme para estirarme pero lo único que quería era quedar de nuevo junto a su cuerpo, lamentablemente eso no se repitió y a veces aun sigo queriendo sentir ese calor de su cuerpo pegado al mío que me parecía tan reconfortante.

Y también ocurre a veces, que inesperadamente compartes cama con alguien, como cuando un chico que te agrada te invita a ver una película, en una cama tan pequeña que te obliga a estar sumamente cerca y el contacto de los cuerpos irremediablemente te lleva vivir agradables experiencias que no se vuelven a repetir o cuando por alguna razón, te toca compartir cama con un chico heterosexual que te atrae y aunque te mueres de los nervios, la libertad de movimiento que acompaña al sueño te hace quedar tan cerca de él que puedes sentir su respiración en tu piel, e incluso sin darse cuenta adoptar la posición de “cucharita” y que de forma hasta inocente te permite cumplir ciertas fantasías románticas (no sexuales), que de otra forma no experimentarías jamás.

Y el punto es, que en ciertos casos, cuando emocionalmente estás involucrado con una persona, acompañarse en la cama, para dormir, puede llegar a ser toda una forma de conocerse, de expresar los sentimientos hacia el otro, de compartirse y de mostrarse quienes son en realidad, cuando el cuerpo no esconde nada ni esta disfrazado para cumplir estándares sociales y por eso es que quizá para mi es tan difícil compartir cama, porque representa mucho más que solo un objeto o un lugar, representa la posibilidad de soltarse plenamente ante la otra persona, confiar, entregarte… para mí, representa un sentimiento y un compromiso que espero vivir algún día, como con aquel chico cuya calidez de su cuerpo, me hizo dormir plácidamente entre sus brazos.

Y tú... ¿Estás dispuesto a compartir tu cama?

Un fuerte abrazo

Julián




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